Elogio a las comedias románticas

Desde que tengo memoria, tengo que soportar las críticas cuando digo que me gustan las comedias románticas.

Los autoproclamados críticos de cine dirán que son una basura que atenta contra la disciplina, y que alguien que disfruta del cine debería enfocarse en la visualización de obras más trascendentales, como La lista de Schindler o Perros de la Calle.

Resulta que el esnobismo nos impide disfrutar de lo sencillo de la vida, ligado a la noción de que toda obra que se consuma debe ser la oportunidad perfecta para subir una foto a Instagram, decir que leímos, o en este caso, decir que vimos.

Es necesario que todo tenga una complejidad, un mensaje, si no carece de sentido prestarle un ápice de atención de nuestra apretada agenda, donde cada elemento tiene que tener una justificación elevada, aunque en el fondo la pregunta ¿para qué ves una película? tenga por llana respuesta: para decir que la ví.

Han quedado atrás los ingenuos momentos donde se miraban películas para disfrutar.

Otro argumento que se suele escuchar es que “no son realistas”. Es que, el hecho de que exigir realidad sea un sinónimo de demandar tragedia e infelicidad es rendirse frente al pesimismo.

Entiendo que la idea de chocarte con alguien en los pasillos de la facultad, que te ayude a recoger lo que se te cayó, y a partir de ahí surja una romántica historia de amor suena imposible. Además, prefiero tomar apuntes en una tablet, por lo que dicha caída significaría un atentado contra mi patrimonio.

Más allá de eso, ¿desde cuándo una película tiene que ser pesimista?

No escucho objeciones cuando alguien dice que le gustan las películas de Marvel, o cuando Harry Potter se entera que es un mago. Nadie deja el cine porque un viaje en el tiempo no fue aprobado por la comunidad científica.

Podemos creer en superhéroes, viajes entre tiempos y magia, pero no nos animamos a creer en el encanto que encierra nuestra vida cotidiana.

Así, las comedias románticas nos recuerdan que podemos elegir ver la vida con otros ojos y animarnos a construir un final feliz.

Cuando Bridget Jones corre en busca de Mr Darcy porque se entera que él leyó su diario, donde escribía sobre lo mal que le caía.

Cuando Cal Weaver, un aburrido oficinista, es abandonado por su esposa y recurre a la ayuda de un ávido seductor para que lo ayude a recuperarla.

O cuando Kat Ellis, una romántica empedernida, contrata a alguien para que la acompañe a la boda de su hermana, por la vergüenza que tiene de estar soltera, luego de casi casarse.

O cuando Dylan Harper, un periodista cualquiera, corre hasta el aeropuerto porque se da cuenta que está enamorado de su mejor amiga, y no quiere que se vaya sin decirle que la ama.



Se cree imposible que Mr Darcy, al leer el diario de Bridget, salga a comprar otro cuaderno para “que escriban otra historia”.

Que el aburrido oficinista reconquiste a su esposa, y el seductor se enamore de la hija de este.

Que Kat Ellis se enamore del hombre al que en un principio contrató y él de ella, y que la mejor amiga del periodista le diga que ella también lo ama.

Perdón por los spoilers. 

Aunque, si son pesimistas, me dirán que no hay nada que disculpar, porque los finales eran demasiado obvios, y por supuesto, irreales.

En un mundo que exige profundidad performativa, ya es disruptivo sentarse una hora y media a ver una película predecible y disfrutarla igual, sabiendo desde el primer minuto cómo termina. Pero hay otra cuestión: el final feliz no pasa porque sí, sino que pide que los personajes hagan algo fuera de lo establecido.

Estas películas nos recuerdan lo incómodo de animarse a soñar, de pretender un final distinto de aquel que nos propone el conformismo o el pesimismo.

Alientan a tomar decisiones que asustan, pero que pueden llevarnos a ser profundamente felices. Porque es aterrador animarse a correr hacia el aeropuerto, cuando lo cómodo y convencional sería quedarse en casa, porque “esas cosas solo pasan en las películas”.

¿Por qué atreverse se volvió ingenuidad y no valentía?

Tal vez las comedias románticas nos enseñan que vale la pena, de vez en cuando, ir corriendo a alguna aerolínea.

Comments

  1. Me queda lejos ezeiza para ir corriendo. Muy bien.

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  2. Tremendos argumentos, no suelo ver muchas comedias románticas, pero gracias a recomendaciónes de amistades y este post, empezaré a probar ✨

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  3. Elijo el Principio de No Saciedad con las Comedias Románticas

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  4. Sigo buscando cómo salir de la trampa de las opciones infinitas

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