Carta a los libros

Hace unos días estaba almorzando en compañía de un libro, hasta que se acercó un amigo, y curioso, observa sus páginas. Al ver todas mis anotaciones a los márgenes, con todo el desprecio que pudo reunir a las 12pm me dice: “ah, sos de esas personas, las que rayan los libros”.
Me gusta marcar mis libros. Doblo las páginas, y por momentos mis anotaciones son trazos irregulares que a veces llegan a rayar lo que en algún momento quise resaltar. Adjunto pruebas:
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Sé que esto puede parecer una escena del crimen para muchos. No los culpo. Para mí también lo era. Hasta que hice un curso de edición de libros.

Ocurrió en una clase, donde éramos 4 chicas, (convengamos que la edición de libros no es una disciplina popular) y dos profesores se embarcaron en un acalorado debate sobre marcar los libros. Y hubo un intercambio en especial que cambió mi perspectiva:

  • “No quiero marcarlos, ¿por qué lo harias? cuidalos, son tus libros”
  • “No, no lo son, si no los marco son iguales a todos los ejemplares que hay por ahí”

El intercambio se extendio un poco más, pero para mí el debate ya estaba cerrado.

Si no escribo en mis ejemplares, ¿cómo se que son míos? Reconozco que la respuesta es un poco obvia: porque están en mi mochila, en mi mesa de luz, en mi biblioteca. Pero me refiero a algo más profundo, ¿cómo sé dentro de 20 años lo mucho que amé ese libro? ¿los pensamientos que tuve? ¿las emociones que sentí?

Si no marco mis libros me pertenecen, pero no son míos. 

Ahora cuando abro alguno, no solo veo la historia que cuenta, sino mi propia historia cuando lo leí. Un marcado prolijo me lleva a cuando estaba en el secundario y tomaba una regla para subrayar una frase, con una lapicera que combinara con el post it, que a su vez combinaba con la portada. Noches en vela porque no había mucho por hacer, y la mentira de “solo un capítulo más” no tenía grandes efectos al día siguiente.

Hoy mis libros están golpeados, con las páginas dobladas, subrayados a veces con lapiz y otras con lapicera, porque quería volver tanto a una frase que no me importaba subrayarla de la manera más desprolija posible por el andar descuidado del colectivo. Tienen algunas páginas manchadas porque uno de esos días descubrí el que hoy es mi café favorito. Demuestra lo movida que es mi rutina ahora, pero en el día a día siempre se encuentra tiempo para las pasiones.

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Por eso, creo fervientemente que estamos hechos de pedacitos de las cosas que alguna vez amamos: sigo viendo el podcast que me recomendó un amigo de la adolescencia, todavía hago la receta que le preparaba a personas que ya no están y tengo puestos los aritos que compré en mi primer viaje con amigas.

Las personas que llegan a nuestra vida tienen un efecto en nosotros, así como nosotros lo tenemos en ellas. Con los libros pasa algo similar, si nos cambian tanto ¿por qué no cambiarlos nosotros a ellos? Me parece incluso grosero dejarlo inalterado, como si no hubiera tenido ningún efecto en mi. Como si ahora no fuera una parte mía.

Si leer es encontrarse con una voz ajena, escribir es enviarla al mundo sin saber quién la va a escuchar. Se asemeja a tirar al río una botella con un mensaje adentro. Esto es un poco así, me permito ser un poco más personal porque no sé quién me esté leyendo. Si piensa que lo que digo es un disparate o si está conmovido. Si marca sus ejemplares y se identifica con lo que escribo o le parece una abominación y planea nunca prestarme un libro en su vida. Capaz un poco de las dos.

Pero acá va mi botella.

Atentamente,

la que raya los libros.

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