Carta al positivismo educativo


El destinatario de esta carta es el positivismo, una corriente filosófica que sostiene que todo enunciado debe basarse en una observación empírica y pasiva de los hechos. Así, sólo será válido lo medible, lo verificable. 

Esto puede verse en la noción que se tiene de la ciencia como la única manera de conocimiento aceptable, mientras que el resto (léase arte, filosofía, literatura), serán calificadas como meros hobbies que no tienen otro fin que el de la llana decoración de nuestros días, un espacio de ocio hasta que sea la hora de dedicarnos a cosas “más serias”. Pero ese es tema para otro artículo. 
Por eso, antes de ser tachada como alguien que vio “La sociedad de los poetas muertos” demasiadas veces, continuemos:

El positivismo educativo, se traduce en que el conocimiento importante es el que entra en un examen, y el valor del estudiante es el número que resulta de esa evaluación de conocimientos. Allí, la nota se basa en la habilidad del alumno de repetir lo que el profesor pide, o en el estrés del estudiante por maximizar un número y la angustia posterior si no lo consigue.

Luego están los alumnos y profesores (que los hay en menor medida, pero siempre se agradecen esos oasis en el sistema educativo), que van en contra de esta planificación centralizada. Quienes ven en el enseñar un amor al campo y no una mera preparación para un examen, que derivará en una nota, que derivará a su vez en un legajo. Me gusta llamarlos “los antipositivistas”.
Son los que no responden (en la medida de lo posible) al sistema de premios y castigos. A quienes tal vez la nota les importa, pero no los define, quienes aprenden por amor al saber y debaten por afición a la verdad.

Claro que no atender a esta estructura tiene sus costos: alguna materia quedará con un número menor, que vaya y pase. O, probablemente el más shockeante: la honesta crítica del entorno. 
Si bien ambos resultan módicos precios a cambio de la libertad académica que genera, es normal que el comportamiento sea cuestionado, producto del choque paradigmático.

Esto no constituye una crítica al que se sienta cómodo respondiendo a estos incentivos, porque el sistema no crea malos estudiantes, sino racionales. Si el juego está diseñado para que optimizar la nota sea la estrategia dominante, ¿quién puede culpar al que juega según el mecanismo establecido?

Sin embargo, el sistema premia la repetición y la hace parecer virtud, mientras que al antipositivista lo critica. Lo trata de irresponsable, de distraído, de alguien que no entiende cómo funcionan las cosas. Incluso de loco. 
En ese caso, prefiero el término “loco lindo”.

Pero más allá de las críticas que se le puedan hacer a este sistema, es necesario conocer el paradigma dominante para disentir con él. Después de todo, los avances intelectuales rara vez nacieron de quienes siguieron obedientemente el programa. Casi siempre comenzaron con alguien que hizo una pregunta inconveniente, que “perdió” tiempo leyendo algo que no entraba en el examen o siguió ese curso optativo que el entorno juzgaba inútil.

El positivismo educativo considera esas conductas una distracción. Yo sospecho que son precisamente la razón por la que vale la pena aprender.

Y es que la pasión nace en esos momentos donde se deja de buscar un para qué y se empieza a vivir en el por qué. Esas preguntas no aparecen en un examen. Aparecen en el debate en el bar de la facultad en horario de clase, en el proyecto académico que no deriva en una nota, en el libro que se leyó aparte. Podremos archivar las notas, pero no las pasiones.

Entonces ¿qué se hace frente a esto? Quizás lo primero sea conocer las reglas del paradigma. Después de todo, no se puede criticar lo que se desconoce, ni jugar un juego cuyas reglas se ignoran. Prácticamente es imposible abandonar el sistema, pero sí se puede aprender a habitarlo sin pertenecer por completo. Saber cuándo responder a incentivos y cuándo alejarse de ellos. 

Porque no se trata de pretender que el sistema no existe, sino de saber que hay otra forma de vivir el aprendizaje. Una donde el legajo registre las preguntas que nos hacen, pero no las que nos hacemos.

Y, mientras tanto, quedarse un rato más en esos debates. Hablar un poco más con esos “locos lindos” que se nos cruzan en el camino. Seguir en esa búsqueda irrefrenable de sentido.

Porque, como escribió Piglia, la resistencia constituye “la forma más humana de existencia”.

Atentamente,

Una antipositivista más.

Comments

  1. El día que las universidades entiendan que sus propios objetivos de maximización en cuanto a notas se refiere se consigue por el proceso inverso al que predican vamos a tener alumnos mejores, mas motivados y que no terminen sacrificando su potencial academico frente a las necesidades acuciantes de la vida cotidiana.

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  2. Los argumentos son logicamente correctos. Sumo, que el gran error del positivismo es creer que el conocimiento se limita a lo que podemos observar y medir directamente. Si vemos a Kant, nuestros sentidos son limitados, dejándonos ciegos ante fenómenos reales como los rayos X. Ademas tener que usar aparatos para detectarlos demuestra que no existe la "observación pura". Un instrumento no es solo una extensión del ojo, sino pura teoría científica materializada. Para "ver" lo invisible, la ciencia no recolecta datos crudos, sino que primero necesita teorías previas que le den sentido.

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