“No es tan dificil como nos hacen creer”. Eso fue lo que me dijo una analista en una Alyc, con respecto a ser mujer en un ambiente predominantemente masculino. Y me quedé pensando.
¿Verdaderamente, por ser mujer, te cuesta más alcanzar tus metas profesionales? ¿El día a día es difícil de llevar?
No poseo aún la trayectoria suficiente como para responder desde la experiencia propia. Pero en este artículo me tomo la libertad de reflexionar a partir de conversaciones que he tenido a lo largo del último año con mujeres de carreras enormes, en distintos ámbitos. Y en todas las conversaciones había una carencia: la de la mirada de víctima.
No niego que exista desigualdad (es la consecuencia lógica de no ser iguales). Pero el punto no es ese. El problema aparece cuando el foco queda exclusivamente ahí. Porque si la explicación es únicamente colectiva, también lo va a ser la solución.
¿Entonces que nos queda? Probablemente esperar una ley de cupo, a que alguien regule, seguir culpando al “patriarcado”.
Personalmente, no es mi estilo.
Las leyes de cupo parten de una premisa que vale la pena revisar: “el hecho de que haya menos mujeres en ámbitos como la política, economía o negocios es por discriminación”. Este argumento, además de simplista, ignora la realidad de la vida misma: si las mujeres están menos presentes en ciertos sectores puede deberse a timing, proceso de acumulación de experiencia o (Dios no lo permita) tienen otras preferencias, más allá de las que les dicta un colectivo.
Además, el cupo erosiona las señales. Cuando una mujer alcance un rango alto, es inevitable que aparezca la duda (interna y externa) de si llegó por mérito o por llegar a un número en una planilla de Excel. No es mi ideal profesional que una política pública me haga dudar de mi capacidad.
Tampoco pretendo ignorar los contextos, pero sobredimensionar resulta paralizante y una dinámica que restringe el margen de acción. Te posiciona en un lugar donde el avance depende más del Estado que de uno mismo.
Por eso me parece propicio cambiar el eje. En vez de pensar la carrera profesional como una lucha colectiva donde alguien más viene a abrirte el camino, quizás sea más útil (y más honesto) pensarla como un proceso de realización individual: qué hacés con lo que querés lograr.
En ese marco, Sheila Saad, fundadora de El Club de Emprendedoras y autora de “ADN de Emprendedora”, planteó algo que me resonó: ”hay una nueva generación de mujeres que ya no espera que las elijan”{…} “Tenemos que mirar este tema con una mirada de evolución y no de víctima. La desigualdad existe, eso es obvio, pero lo importante es transformar la historia”. Y ahí radica mi punto: en dejar de buscar validación externa y ocupar nuestros lugares con seguridad, pasión y convicción.
Nadie elige las cartas con las que nace, elige cómo y cuándo jugarlas. Permitamosnos por un momento pensar en un camino distinto. Uno que no venga del Estado ni de la decisión de un burócrata detrás de un escritorio, sino de una serie de decisiones individuales sostenidas en el tiempo.
No creo que la carrera de nadie deba depender de una política de Estado. Creo en algo más incómodo, pero también más potente: la libertad.
La libertad de mejorar, de fracasar, de competir y ser una la que logre llegar a donde quiere. Ser mujer en economía o finanzas ya no es novedad. No somos “luchadoras” en contra de un sistema, solo personas a las que les apasiona una disciplina.
Llegar a donde soñamos no es un camino corto ni fácil. Pero supongo que, al final del día, no es tan difícil como nos hacen creer.
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